Hay legados que no desaparecen con el paso del tiempo, sino que aguardan dispersos hasta que llega el momento de volver a encontrarse.

Los elegidos abandonaron su origen atravesando el viejo umbral celeste.

Separados bajo un mismo cielo, cada uno custodió aquello que le había sido confiado, mientras la sombra continuaba acechando el trono que un día juraron proteger.

En el exilio, sus caminos siguieron avanzando. Algunas noches volvieron a encontrarse, reconociendo entre ellos la misma llama que todavía permanecía encendida.

Porque cada etapa fue parte del aprendizaje, cada distancia preparó un nuevo viaje y cada regreso dejó una senda abierta para aquello que aún estaba por llegar.

Joriel… poesía que se escucha.
Voz que ilumina el alma.
EL LEGADO DISPERSO

Tras aquel tiempo de sublevación,
el umbral celeste despertó su irradiación,
dispersando entre los mundos el legado.

Los elegidos alcanzaron un mismo suelo,
cada cual custodió su rincón bajo el cielo,
siguiendo el designio que le fue confiado.

Cada elegido moraba en el exilio,
ocultando sus huellas ante el peligro,
mientras el acecho cercaba el trono.

Durante sus misiones se encontraban,
bajo el eco de la noche se juntaban,
custodiando la llama de su origen.

Cada etapa forjaba un aprendizaje,
bajo nuevos horizontes maduraba el viaje,
aguardando otra senda para regresar.

Joriel

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