Bajo la piedra dormía una fuente,
guardando un resplandor transparente,
mientras la noche velaba el origen.
Yo era la rama recién florecida,
ignorante del cauce que ascendía,
desde raíces ocultas a la vida.
Tus manos trazaban surcos dorados,
sobre papeles de sueños callados,
como quien siembra luceros en la niebla.
Tus palabras eran granos enteros,
que el silencio guardaba en graneros,
como semillas dormidas al viento.
Yo contemplaba aquel fuego escondido,
aquel relámpago apenas nacido,
sin conocer su sagrado cimiento.
Era savia creciendo en la corteza,
era una lámpara hecha de belleza,
ardiendo en secreto bajo el agua.
Era una voz habitando en la sangre,
un faro velado entre el aire,
un jardín aguardando su alba.
Y llegó la hora del último puerto,
y el río continuó su rumbo incierto,
más allá de la bruma del tiempo.
Quedó la lámpara sobre la corriente,
quedó la semilla bajo la simiente,
quedó la luz velando el camino.
No viste abrirse mi propio horizonte,
ni los libros brotando en el monte,
ni la voz levantarse del barro.
No escuchaste mis cantos de faro,
ni las almas hallando reparo,
ni los ecos cruzando el desamparo.
Aquellas palabras que fueron semilla,
aquella luz derramada sencilla,
hallaron refugio dentro de mi sangre.
Lo que un día quedó silencioso,
hoy florece en un cauce luminoso,
como un árbol naciendo de tu nombre.
Hoy es río buscando la altura,
hoy es faro venciendo la espesura,
sobre las aguas del amanecer.
Y cuando la tinta desciende al papel,
cuando el silencio pronuncia tu nombre,
comprendo que la fuente sigue viva.
Porque toda la luz que me acompaña,
todo verso que el tiempo no daña,
nació del mismo río que escribía.
Joriel
La herencia de la fuente
Bajo la piedra dormía una fuente,
guardando un resplandor transparente,
mientras la noche velaba el origen.
Yo era la rama recién florecida,
ignorante del cauce que ascendía,
desde raíces ocultas a la vida.
Tus manos trazaban surcos dorados,
sobre papeles de sueños callados,
como quien siembra luceros en la niebla.
Tus palabras eran granos enteros,
que el silencio guardaba en graneros,
como semillas dormidas al viento.
Yo contemplaba aquel fuego escondido,
aquel relámpago apenas nacido,
sin conocer su sagrado cimiento.
Era savia creciendo en la corteza,
era una lámpara hecha de belleza,
ardiendo en secreto bajo el agua.
Era una voz habitando en la sangre,
un faro velado entre el aire,
un jardín aguardando su alba.
Y llegó la hora del último puerto,
y el río continuó su rumbo incierto,
más allá de la bruma del tiempo.
Quedó la lámpara sobre la corriente,
quedó la semilla bajo la simiente,
quedó la luz velando el camino.
No viste abrirse mi propio horizonte,
ni los libros brotando en el monte,
ni la voz levantarse del barro.
No escuchaste mis cantos de faro,
ni las almas hallando reparo,
ni los ecos cruzando el desamparo.
Aquellas palabras que fueron semilla,
aquella luz derramada sencilla,
hallaron refugio dentro de mi sangre.
Lo que un día quedó silencioso,
hoy florece en un cauce luminoso,
como un árbol naciendo de tu nombre.
Hoy es río buscando la altura,
hoy es faro venciendo la espesura,
sobre las aguas del amanecer.
Y cuando la tinta desciende al papel,
cuando el silencio pronuncia tu nombre,
comprendo que la fuente sigue viva.
Porque toda la luz que me acompaña,
todo verso que el tiempo no daña,
nació del mismo río que escribía.
Joriel
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