La mujer de las manos de luz

Este poema está dedicado con todo mi cariño a Sebastiana, una mujer humilde y sencilla de Belmez de la Moraleda, de esas personas que dejan una huella imborrable en la vida de quienes tuvieron la suerte de conocerlas.

Muchos la recordamos por su bondad, por su cercanía y por aquellas manos llenas de luz que tantas veces llevaron consuelo, esperanza y tranquilidad a quienes acudían a ella.

No buscó fama ni reconocimiento. Su legado quedó escrito en el corazón de un pueblo y en la memoria de quienes recibieron su cariño.

Hoy estas palabras son mi forma de darle las gracias y de rendir homenaje a una de esas almas buenas que hacen más hermoso el mundo con su sola presencia.

Joriel
La mujer de las manos de luz

Bajo el alba guardaba un secreto,
bajo el tiempo su paso discreto,
mientras la vida corría a su lado.

Sus manos eran remansos serenos,
sus ojos dos luceros pequeños,
como un fuego que nunca ha cesado.

Yo era un niño de miedos y espinas,
de noches inquietas y esquinas,
buscando refugio en su calma.

Y ella llegaba con voz apacible,
con una ternura casi invisible,
derramando luz dentro del alma.

Sus palabras sabían a río,
a romero, a fe y a rocío,
como un canto nacido en la tierra.

Era un árbol cubriendo caminos,
era sombra en los duros destinos,
era paz cuando el miedo se aferra.

Muchos niños pasaron por ella,
como pasa la noche a la estrella,
dejando su nombre en la memoria.

Y las madres volvían confiadas,
con sus penas más aliviadas,
tras sentir la caricia de su gloria.

Nunca buscó honores ni aplausos,
ni coronas, ni grandes abrazos,
ni que el pueblo alabara su senda.

Fue sembrando bondad silenciosa,
como lluvia cayendo amorosa,
sobre cada dolor que la encuentra.

Hoy la miro a través de los años,
entre recuerdos humildes y extraños,
como un faro encendido en la bruma.

Y comprendo que algunas personas,
sin buscar monumentos ni zonas,
se convierten en luz que no se esfuma.

Porque hay manos que sanan heridas,
porque hay almas que cambian las vidas,
sin saber el milagro que dejan.

Y al volver a mi infancia dormida,
veo aquellas manos llenas de vida,
que aún en mi recuerdo resplandecen.

Joriel

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