La noche había cubierto el camino cuando algo quebró la quietud.
Un silbido.
Nada más hizo falta.
El mariscal alzó el brazo y la hueste respondió como tantas veces había sido instruida. Los veteranos cerraron filas alrededor del mando y del beauseant, mientras un segundo círculo se levantaba tras ellos.
Rodilla con rodilla.
Escudo junto a escudo.
Acero dispuesto.
Después llegó el silencio.
Solo los relinchos y el golpe de los cascos contra la tierra acompañaban una espera en la que nadie sabía todavía qué ocultaba la espesura.
Hasta que la maleza comenzó a moverse.
Hombres armados irrumpieron contra aquel muro y la noche se convirtió en asedio.
Mientras los hermanos resistían unidos, un sargento logró atravesar el cerco.
Ahora alguien debía regresar con ayuda.
Porque algunas batallas comienzan mucho antes del primer golpe de acero.
Joriel… poesía que se escucha.
Voz que ilumina el alma.
EL CERCO DE LA NOCHE
Bajo el manto celeste la hueste avanzaba velada,
cuando un silbido frío atravesó la noche cerrada,
y su eco rasgó la quietud del camino.
El mariscal alzó el brazo reclamando formación,
junto al alférez quedó ceñido por el veterano cordón,
mientras sus cuerpos custodiaban el beauseant.
Un segundo círculo entre los hermanos surgía,
rodilla con rodilla, el joven los dirigía,
donde escudo y acero sellaban toda brecha.
El silencio descendió sobre hombres y monturas,
mientras los cascos golpeaban la tierra entre sombras oscuras,
y la incertidumbre respiraba dentro del cerco.
De entre la maleza hombres armados irrumpieron,
contra el muro de escudos con violencia arremetieron,
mientras un sargento quebraba el asedio en busca de auxilio.
Joriel
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