Hay regresos que no devuelven al mismo hombre que un día emprendió el camino.
Tras semanas de búsqueda, una silueta volvió a surgir entre la bruma. En sus alforjas llevaba aquello por lo que había atravesado tierras desconocidas y penetrado en lugares donde hasta la oscuridad parecía tener aliento.
Los sanadores recibieron cuanto traía. Hierbas, nuevos conocimientos, ungüentos y brebajes comenzaron a tomar forma mientras la enfermedad todavía resistía.
Bajo la luz de los candiles comenzó la lucha por devolver la vida.
Y llegó el alba.
El color regresó lentamente a los rostros, el huésped comenzó a retirarse y casas y campos volvieron a despertar.
La aldea había sobrevivido.
Pero después del descanso, algo había cambiado también en aquel joven. Frente a él se abría un horizonte mucho mayor que cuanto conocía.
Había encontrado un remedio.
Ahora comenzaba a comprender cuánto le quedaba todavía por aprender.
Joriel… poesía que se escucha.
Voz que ilumina el alma.
EL ALBA DEL SANADOR
Tras el ocaso, el caos permanecía,
cuando desde la bruma una silueta emergía,
dejando al descubierto los rasgos de aquel joven.
Halló aquella tierra todavía desolada,
después de semanas de búsqueda regresaba a su morada,
portando en sus alforjas aquello que podía sanar.
Los sanadores recibieron cuanto había reunido,
y siguiendo sus enseñanzas prepararon lo requerido,
dejando ungüentos y brebajes listos para la noche.
Cada enfermo recibió su cuidado con premura,
bajo los candiles veló junto a cada criatura,
y el alba devolvió color a sus rostros.
El huésped comenzó finalmente a menguar,
y casas y campos volvieron lentamente a despertar,
una vez purificado con la mixtura cada rincón de la aldea.
Cumplida la larga jornada buscó finalmente reposo,
y al despertar observó un horizonte silencioso,
comprendiendo cuánto conocimiento aguardaba más allá.
Joriel
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