Hay momentos en los que el aprendizaje deja de pertenecer a los libros y exige ser llevado al camino.
Bajo la mirada del gran maestre, el joven recibió el manto, inclinó su figura y dejó su palabra sellada sobre el códice.
Desde aquel instante ya no sería únicamente aquel muchacho criado entre los muros del monasterio.
Las puertas se abrieron.
Atrás quedaron los cirios, las bóvedas y la protección de quienes lo habían formado. Delante, una senda que todavía guardaba silencio.
Porque todo juramento verdadero llega acompañado de una prueba.
Y aquella mañana, mientras el viejo portón se cerraba a sus espaldas, su primer destino acababa de comenzar.
EL RITO DEL ACERO
La mañana despertaba fría y temprana,
mientras la penumbra custodiaba la ventana,
cuando una campana llamó al primer rezo.
Con la bendición del alba se dispuso el altar,
mientras el maestre preparaba el ritual,
con el acero dormido bajo la llama de los cirios.
Ante el gran maestre inclinó solemne la figura,
mientras el manto descendía sobre su armadura,
bajo el antiguo sello de la Orden.
Con la diestra sobre el códice selló juramento,
y las viejas bóvedas recogieron aquel momento,
cuando su nombre quedó escrito entre los hermanos.
Tras recibir la luz, sus pasos dejaron la abadía,
mientras el viejo portón a su espalda enmudecía,
ante una senda todavía sin nombre.
Joriel
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